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Entrevista a Diego El Cigala en su vista a Argentina “El flamenco es grande por sí solo”

03/abril/2011

Entrevista a Diego El Cigala en su vista a Argentina | Si me ha gustado toda la vida la mortadela por qué me va a dejar de gustar o la voy a cambiar ahora por caviar, sostuvo Diego El Cigala en diálogo con Escenario

Entrevista a Diego El Cigala en su vista a Argentina

Hace unos cuantos años, antes de subir al escenario un periodista le regaló una postal de Osvaldo Pugliese y le dijo que le iba a traer suerte. “¡Tan mal no me ha ido, ja ja!”, dice Diego El Cigala desde España a modo de introducción cuando advierte que está hablando con un periodista argentina. Su voz potente y arenosa a la distancia suena cerrada y baja. El cantaor se ríe grave y, desde este lado del Atlántico, podemos imaginar su boca ancha, sus grandes dientes y, si además nos apantallamos las orejas como si estuviéramos oyendo el rugir del mar hasta podríamos oír el tintineo agudo de sus cadenas de oro chocando entre sí.

Este es El Cigala, que el próximo jueves actuará en el Auditorio Fundación. “Vamos a cantar las canciones de mi último disco “Cigala & Tango” y también algo de aquellos discos de boleros, «Lágrimas negras» (con Bebo Valdés) y «Dos lágrimas», afirma en la charla con Escenario.

—Si bien ya existías como artista y hasta habías logrado un Grammy, ¿cómo eras antes de “Lágrimas negras”?

—Era una persona común y corriente, y de pronto no entendía bien lo que estaba pasando. Pero ¡si me ha gustado toda la vida la mortadela porque me va a dejar de gustar o la voy a cambiar por caviar!

Hasta 2003, la fama de Ramón Jiménez Salazar tenía como frontera el ambiente flamenco. Madrileño, creció en El Rastro, el casco antiguo de la capital española, donde se escuchaba mucho flamenco. A los 12 años ganó un par de concursos y enseguida empezó a cantar y batir palmas en los shows de bailaores de renombre, llámese Manolete o Farruco. Ya era Diego El Cigala, una especie de langostino, tal cual lo llamaron unos guitarristas por lo flaco que era. Comenzaban los 80.

—¿En los 90 fueron buenas y malas?

—De todo un poco. Sacar un disco era toda una odisea y hubo dos o tres años bastante inestables. Con “Lágrimas negras” me he dado cuenta de que la estabilidad te permite saborear muchísimo mejor las cosas que haces.

—¿Hubo un momento clave?

—Mis primeros discos. Por ejemplo, mi segundo álbum, “Entre vareta y canasta”, contó con un gran apoyo de artistas como Javier Limón, Santiago Segura y Pablo Carbonell y con Niño Josele y Vicente Amigo participando... gente impresionante y difícil de juntar. Cuando llegó “Lágrimas negras” ya había todo un recorrido.

—Si no se conociera tu biografía cualquiera podría pensar que naciste en Granada o Cádiz, pero nunca en Madrid.

—Bueno sí, pero mi padre era de Andalucía, y mis abuelos también y yo he salido muchísimo a la familia de mi padre. Cuando yo vi a mi tío Rafael cantar en el Teatro Calderón me di cuenta de lo que quería. Es cierto, a mí cuando la gente me ve cree que soy del sur de España, no creen que nací en Madrid.

—¿Qué música escuchabas en El Rastro?

—De todo un poquillo, más que nada flamenco. Mucho Paco de Lucía. El pop también pero como no era mi línea... Y lo que pasaba la tele.

—La inspiración debe haber sido distinta para un cantaor nacido en un barrio gitano del sur, ¿no?

—¡Ja ja!, eso es cierto, pero cuando uno se cría en ambiente flamenco y la vida cotidiana tiene ese marco imagino que las cosas cambian, quiero decir, no era un niño corriente de la capital... a mí me ayudó escuchar de chico mucha música flamenca. Mi ambiente también ha sido ese, muchas veces entre cuatro paredes eso sí y siempre arriba una guitarra. Y los discos de Paco, de Camarón de la Isla...

—Se habla de vos como el heredero de Camarón...

—Camarón fue el gran visionario, se adelantó a todos los demás cantaores. Han habido grandes cantaores pero Camarón ha sido fundamental en la evolución del flamenco. También es cierto que los tiempos de Camarón han desparecido. Lo conocí en una fiesta, yo tenía 18 años. Eran los tiempos en que una pila de cantaores se los veía a todos bajando de los tablaos, se metían entre la gente y se los escuchaban cantar de maravilla. Seguían así hasta la salida del sol. Ahora eso no ocurre, ahora cada uno está en su hogar esperando el día de su show. Cambiaron las costumbres y además antes no se tocaba la guitarra como se toca ahora, porque la evolución de la guitarra en el flamenco es increíble. Quien puso la guitarra a ese nivel fue el maestro Paco de Lucía. Tan grande como el Camarón. En realidad, eran tal pa'cual.

—Como Toquinhos y Vinicius.

—Como Troilo y Goyeneche.

—En los 90 España exportó bastante música de fusión de flamenco y pop, ¿te gustó?

—No me gustó. Yo creo que el flamenco es tan grande por sí solo que no necesita ningún parapeto. Juntarse con otras música con alma de verdad es otro cantar. Con la música afrocubana, con el tango. Pero eso de flamenco electrónico, flamenco pop no lo comparto. Yo me animé al tango porque creo que nunca se lo había cantado con ese énfasis de mantener todas sus pautas pero a la vez ponerle un poquito de flamenquito...

—Cantaste en el Centro Penintenciario de Palma, ¿fue más difícil que cantar en un estadio?

—Cuando canto en un teatro la gente está sentada en sus butacas y luego se van a sus casas, en cambio aquí era un aula con cuatrocientos presos y pusieron altavoces en el patio porque todos no podían entrar, vale, esos hombres te están viendo y luego se meten otra vez en la celda. Y sí, eso me puso más nervioso que cantar en el Palau de la Música.

—Ya que nombrás el Palau de la Música, hasta allí se llegó la chica de las películas de “Alien” para verte actuar. Apareció la foto del camarín en varios portales...

—Pasó en Barcelona este marzo. Sigourney Weaver es una gran aficionada al flamenco y como estaba en Europa fue a Barcelona a vernos Luego del show fue a felicitarnos al camerino... Yo también soy fan de sus películas. Otro día estuvimos cenando. La habíamos invitado al Artèria Paral.lel a ver la presentación del DVD (“Cigala & Tango”).

Anchoas de Getaria, las croquetas, el jamón y las mil y una tapas y, obviamente, buen vino. Cosa de tener la misa flamenca a flor de labios y al maldito Aliens lejos de Sigourney.

Por José L. Cavazza / La Capital

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